La imagen que tenemos de Andrea es inseparable de su turbante negro. Así la vimos por primera vez en el hospital: una chica decidida, inteligente. "Pura magia", como la describió su prima. Con unos ojos preciosos y una sonrisa que nos esperaba con una ilusión: visitar la ciudad de sus sueños, aquella que llevaba años imaginando y recreando en sus fantasías, Nueva York.

Desde ese primer momento, Andrea, a sus quince años, nos pareció una joven muy centrada que supo explicarnos con claridad el porqué esa ciudad, a tantos kilómetros de distancia, se había convertido para ella en algo tan especial. "Yo ya conozco Nueva York, porque ya he recorrido todas sus calles con mi imaginación” nos contó.

La enfermedad y los tratamientos a los que aún se sometía no habían mermado para nada su decisión a la hora de afirmar que estaba dispuesta a hacer todo lo que fuera necesario para conseguir  ir a la ciudad de la que está enamorada. Andrea trabajó muchísimo y en cada uno de sus deberes nos ofrecía un trocito de "su" Nueva York. Redescubrimos la ciudad a través de sus ojos, en un gran poster con todos los lugares que quería visitar dibujados a mano; con una lámina de su cara en la que aparecía con los ojos cerrados y el skyline como fondo, con una réplica perfecta de los taxis amarillos que surcan la gran manzana... En cada uno de estos trabajos, Andrea volcaba su creatividad, sensibilidad y todas las ganas que la hacían seguir soñando. Sus padres, además, la ayudaron muchísimo, demostrando que eran una familia de artistas, felices de colaborar en la ilusión de Andrea.

Ella se mostraba cada día más feliz. Realmente había estado en Nueva York mucho antes de pisar Times Square y había recorrido sus calles y edificios con la imaginación. Por eso nos confesó que, cuando finalmente pudo volar hasta la gran ciudad, no se sintió extraña.

Andrea

“Es mi casa” nos dijo al regresar. "Cuando llegué, me sentí como si hubiera vivido allí toda la vida" (...) ha sido increíble, impresionante, maravilloso, todo lo que se pueda decir”. La cara de Andrea te transmitía felicidad y un poco de nostalgia, pero sobre todo fuerza, porque está convencida de que algún día regresará. Ahora sabe que no existen imposibles ante el poder de su ilusión.


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